MANIFIESTO DE LA ASOCIACIÓN RURAL MEDITERRÁNEA EN DEFENSA DEL MUNDO RURAL

La Asociación Rural Mediterránea  ha nacido para promover la defensa del mundo rural.

En las Jornadas celebradas en julio de 2015 en Puente de Génave –JAÉN – ESPAÑA- ha elaborado un Manifiesto que presenta a la opinión pública y al conjunto de la sociedad en general con el ánimo de que sea suscrito por aquellas personas y colectivos que compartan sus planteamientos. Su contenido es el siguiente:

La mayor parte de la población mundial vive en ciudades. Los centros de poder están en las ciudades, se ha impuesto la cultura urbana y devaluado el mundo rural donde se mantiene un enorme diferencial con respecto a los niveles de renta existentes en los grandes núcleos urbanos.

La población rural alimenta a las ciudades y cuida el medio ambiente imprescindible para la vida en el planeta.

El mundo rural es casi invisible en la cultura urbana, en la educación y en los medios de comunicación.

Por rural se entiende la vida en la naturaleza, el trabajo en la agricultura, la ganadería, los montes, los servicios y la industria agroalimentaria en medianos y pequeños núcleos de población, desde la aldea hasta la agrociudad.

El modelo impuesto en los últimos tiempos está generando enormes desequilibrios territoriales, sociales y ambientales y amenaza la calidad de vida de la sociedad.

En el cambio de rumbo necesario para crear un modelo de desarrollo sostenible, es imprescindible el medio rural, pilar básico de la sociedad. Para ello debe evolucionar, ser dinámico, económica y socialmente y recuperar su autoestima.

Por todo ello, llamamos, ante todo, a la propia población rural para que no se arrincone ni se deje arrinconar en un papel socialmente subalterno, sino que adopte una actitud más activa en lo político, más reivindicativa en lo social y más emprendedora en lo económico. Instamos también a la población en general y a las instituciones públicas a que apoyen y promuevan  la defensa del medio rural y su cultura, lo que conlleva entre otros esfuerzos colectivos a:

 

* Preservar las señas de identidad fundamentales del mundo rural.

* Desarrollar políticas efectivas de protección y cualificación de los trabajadores agrícolas como instrumento fundamental para su fijación en el territorio.

* Favorecer la incorporación de la mujer rural al mundo laboral, mediante la puesta en marcha de políticas de discriminación positiva que reconozcan y afiancen su papel determinante en este medio.

* Impulsar el desarrollo de la educación y la cultura en las zonas rurales.

* Incentivar políticas de Investigación y Desarrollo Tecnológico que redunden en un mejor y respetuoso aprovechamiento de los recursos naturales.

* Trabajar por la efectiva igualdad de oportunidades y la equiparación del bienestar social  de la población rural con la de los entornos urbanos.

* Propiciar el relevo generacional mediante la aplicación de políticas efectivas de incorporación de los jóvenes a la actividad agraria y evitar así la despoblación de las zonas rurales.

* Promover el intercambio de experiencias y conocimientos entre diferentes zonas rurales.

* Acometer el desarrollo de las comunicaciones tanto viarias como telemáticas en el medio rural para de este modo lograr una competitividad real.

Los firmantes de este manifiesto, hombres y mujeres provinientes de los más diversos ámbitos educativos, laborales, sociales, culturales, ideológicos y tecnológicos, desean trasladar estas consideraciones a toda la sociedad con el fin de que las haga suyas y contribuya a dar respuesta a sus demandas y aspiraciones.

 

En Puente de Génave (Sierra de Segura, Jaén) a 9 de Julio del 2015.

 

Alicia Serrano Samblás

Ana Cobo Carmona

Andrés Llavero Sánchez

Antonio Campayo Romera

Belén Ramos González

Carlos Navarro López

Carmen Gutiérrez Garía

Consuelo Bermúdez-Cañete Fernández

Daniel Martínez Alarcon

David Avilés Pascual

David Jiménez García

Dionisio Vicente González

Esperanza Alguacil Vázquez

Eusebio Gainza Lafuente

Eva García Gómez

Federico Mayor Zaragoza

Fernando Moraleda Quílez

Francisca Muñoz Oliver

Francisco Pérez Alguacil

Gloria Campos Alcazar

Ignacio Ramos Serrano

Iluminada Herrera Ballesteros

Iluminada Olivares Berjaga

Isabel Álvarez Bernardo

Isidro Monzó Pérez

Jaime Axel Ruiz Baudrihaye

José Antonio Fuentes Martín

José Antonio Heredia Muñoz

José Antonio Molina Real

José Cuenca Anaya

José Emilio Guerrero Ginel

José Luis Bergillos López

José Luis García Melgarejo

José Manuel Campos

José Pareja García

Juan José González Marin

Juan José González Urbano

Julián Campillo Suarez

Laura González Urbano

Lucrecia Montoya Chinchilla

Luis Alberto Lara Contreras

Luis Fernández García

Lurdes Gómez Montoya

Mabel Crespo

Manuel Barneo Alcántara

Manuel González de Molina Navarro

Manuel Medina González

Manuel Pajarón Sotomayor

Manuel Parras Rosa

María Acensión Pérez Berber

María Elena Mayor Rodríguez

Maria Francisca Rascón Zarzosa

María Jesús Serrano Samblás

Maria Joaquina Pérez Ruiz

Maria Rosario  Álvarez Pérez

Marian Velasco Valenzuela

Mariano Ojeda Fernández

Marisa Campillo

Mariví González Talón

Maru Sancho Ortíz

Olga González Urbano

Oscar Chic Jiménez

Pablo García González

Pedro Bellón González

Pedro Julián Gómez Bueno

Pedro Martínez Bellón

Pedro Ruíz Avilés

Pilar Navarro López

Rafael Guijarro Cárdenas

Rafael Navarro López

Ramón Aguilar Carrasco

Ramón Gallego Martínez

Rosa García Payo

Sebastián Lozano Mudarra

Valeriano Gómez Sánchez

Vicente Alguacil Vázquez

Victor García Teruel

Yolanda Nieto Espada

 

Todas estas personas ya se han adherido al Manifiesto. Si quieres aparecer, sólo tienes que rellenar el formulario.

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Las agonías del mundo rural

Artículo de Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye sobre las I Jornadas Mundo Rural, extraído de estrella digital.

 

El campo español representa el 2’5% del PIB (el turismo, por ejemplo, el 12%) y ocupa el 4% de la población activa (en 1950, el 48’8%), o sea, algo más de 700.000 trabajadores.

Los españoles, solemos tener un pueblo de origen pero estamos bastante distanciados del campo, de la naturaleza, de la vida rural. La vemos como absurda y aburrida, sólo buena para ir unos días de vacaciones, gratis, a casa de familiares. Conocemos mal los nombres de los árboles y de las aves, no sabemos casi que hay sequía y además nos da igual.

Los lugares comunes sobre la comparación entre la ciudad y el campo, subsisten: la Arcadia frente a la masificación, la vida tranquila comparada con la frenética de las urbes, pero también la relativa pobreza, la exclusión, la dificultad de acceso a una mejor educación.

Sus problemas económicos principales son el descenso continuado del empleo y el eterno desequilibrio entre producción, transformación y distribución, que se agudiza. Esta última se lleva el 51% de la cadena de valor. Sólo el 21% recae en el productor. Como desde hace siglos pero hoy mucho peor debido a los enormes grupos de distribución, un oligopolio de unos cinco o seis, que se llevan la parte del león. Carrefour o Alcampo (Auchamp) mandan más que el Ministerio de Agricultura y las diecisiete Consejerías del ramo juntas.

El campo no tiene esperanzas de crear trabajo. Si en la ciudad parece haber una cierta creación de empleos, precarios, de poca calidad, en el campo es un trabajo meramente eventual o a tiempo parcial, sin gran futuro. Por eso los jóvenes que desean labrarse –qué ironía la de este verbo- un futuro se van, como siempre, o se dedican a otras cosas. Es la llamada desagrarización de las zonas rurales. De ahí la paradoja de ver inmigrantes recogiendo aceituna y fruta en zonas de paro endémico, como Jaén, que se explica en parte por ese abandono.

Y hay un problema cultural de fondo que es la pérdida de la identidad, de los valores y hasta del lenguaje. Recomiendo leer La balada del abuelo Palancas, de Félix Grande, que describe con gracia, sin acritud, con mucha humanidad y en un castellano perfecto la vida de su abuelo, pastor manchego y los drásticos cambios de la vida rural durante el siglo XX. O el ya antiguo Tierras del Ebro, de Sebastián Juan Arbó, demasiado olvidado.

Las mentes más lúcidas de la nación siempre se preocuparon del campo y la naturaleza. A finales del siglo XVIII, Jovellanos, nuestro maltratado ilustrado, escribió bien y largamente sobre el campo. A pesar de las dificultades de comunicación, conocía, como ningún ministro hoy conoce, España, sus pueblos y culturas. Su Informe sobre la Ley Agraria sigue siendo una referencia y sus diarios de viajes y su epistolario valen más que muchos libros de historia.

En 1864, Fermín Caballero, con su Fomento de la Población Rural, siguió en esa línea reformista, centrado en combatir la caprichosa y antieconómica distribución de las propiedades, el despoblamiento, los baldíos, en la defensa del árbol y otros temas ya pintorescos como cuando se indigna por la proliferación de las mulas usadas para labrar en vez de los bueyes, que hacían mejor labor. Parece como si algunas de sus ideas y de Joaquín Costa hubieran querido ser puestas parcialmente en práctica tras la guerra civil, con la concentración parcelaria y el Instituto Nacional de Colonización. Pero poco y muy tarde.

La indiferencia actual de los políticos es insólita. La atroz sequía no les importa, ni el abuso de defoliantes y productos químicos, la desertización, la destrucción del paisaje. Nada. No deja de ser sintomático que la actual Ministra de Agricultura fuera la consejera delegada de Fertiberia, empresa que contribuye a la destrucción del medio ambiente a base de química y fertilizantes en aras del agrobusiness, es decir, distribuyendo veneno. Los demás políticos sólo van al campo –si es que van, pues prefiern las playas- a veranear o a buscar votos antes de las elecciones.

Los agricultores, divididos por regiones, por tipo de productos, por su individualismo congénito, se defienden mal, son mayores, pues el 70% tiene más de 55 años, y los partidos políticos les dan la importancia de lo que representan en el PIB, es decir, muy poca. Hacen falta asociaciones, voces, comunicación independiente, que represente intereses globales y no solamente los de un sector o tipo de producto. Hay que ampliar el horizonte.

Con este propósito, para que el mundo rural no sea invisible en la cultura urbana, como dice su manifiesto fundacional, se ha creado la Asociación Rural Mediterránea, ARUME, cuya reunión fundadora ha sido la semana pasada en la localidad de Puente de Génave, Sierra de Segura, Jaén. En ella han participado, entre otros, don Federico Mayor Zaragoza, el embajador don José Cuenca, el ex ministro Valeriano Gómez, su impulsor, Carlos Navarro, catedráticos e investigadores, algunos alcaldes –pocos- y agricultores y cooperativistas.

Los informes presentados fueron todos contundentes. El profesor González de Molina dejó claro cómo las rentas agrarias vienen descendiendo en términos relativos y la alternativa de los agricultores ante el coste de las labores es intensificar los cultivos. Lo que lleva a usar más maquinaria, más química, más gasto de agua, más erosión y a la pérdida de la biodiversidad. Y aún así, es poco rentable pues como dejó claro con humor el agricultor Manuel Medina, en el campo “se pone siempre más que se recoge”. O, lo que es lo mismo, esa frase que repetía mi padre de que “una finca acepta todo tipo de mejoras hasta la total ruina de su propietario”.

El manifiesto de ARUME señala varios objetivos y pone el acento en la mujer, los jóvenes y la formación profesional y la educación. Es un intento de acercar el mundo rural, de que como sociedad civil podamos hacer algo por impulsar su desarrollo cultural, ecológico y, claro, económico. En la estela, deseamos, de Jovellanos, Fermín Caballero y Joaquín Costa.