Las agonías del mundo rural

Artículo de Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye sobre las I Jornadas Mundo Rural, extraído de estrella digital.

 

El campo español representa el 2’5% del PIB (el turismo, por ejemplo, el 12%) y ocupa el 4% de la población activa (en 1950, el 48’8%), o sea, algo más de 700.000 trabajadores.

Los españoles, solemos tener un pueblo de origen pero estamos bastante distanciados del campo, de la naturaleza, de la vida rural. La vemos como absurda y aburrida, sólo buena para ir unos días de vacaciones, gratis, a casa de familiares. Conocemos mal los nombres de los árboles y de las aves, no sabemos casi que hay sequía y además nos da igual.

Los lugares comunes sobre la comparación entre la ciudad y el campo, subsisten: la Arcadia frente a la masificación, la vida tranquila comparada con la frenética de las urbes, pero también la relativa pobreza, la exclusión, la dificultad de acceso a una mejor educación.

Sus problemas económicos principales son el descenso continuado del empleo y el eterno desequilibrio entre producción, transformación y distribución, que se agudiza. Esta última se lleva el 51% de la cadena de valor. Sólo el 21% recae en el productor. Como desde hace siglos pero hoy mucho peor debido a los enormes grupos de distribución, un oligopolio de unos cinco o seis, que se llevan la parte del león. Carrefour o Alcampo (Auchamp) mandan más que el Ministerio de Agricultura y las diecisiete Consejerías del ramo juntas.

El campo no tiene esperanzas de crear trabajo. Si en la ciudad parece haber una cierta creación de empleos, precarios, de poca calidad, en el campo es un trabajo meramente eventual o a tiempo parcial, sin gran futuro. Por eso los jóvenes que desean labrarse –qué ironía la de este verbo- un futuro se van, como siempre, o se dedican a otras cosas. Es la llamada desagrarización de las zonas rurales. De ahí la paradoja de ver inmigrantes recogiendo aceituna y fruta en zonas de paro endémico, como Jaén, que se explica en parte por ese abandono.

Y hay un problema cultural de fondo que es la pérdida de la identidad, de los valores y hasta del lenguaje. Recomiendo leer La balada del abuelo Palancas, de Félix Grande, que describe con gracia, sin acritud, con mucha humanidad y en un castellano perfecto la vida de su abuelo, pastor manchego y los drásticos cambios de la vida rural durante el siglo XX. O el ya antiguo Tierras del Ebro, de Sebastián Juan Arbó, demasiado olvidado.

Las mentes más lúcidas de la nación siempre se preocuparon del campo y la naturaleza. A finales del siglo XVIII, Jovellanos, nuestro maltratado ilustrado, escribió bien y largamente sobre el campo. A pesar de las dificultades de comunicación, conocía, como ningún ministro hoy conoce, España, sus pueblos y culturas. Su Informe sobre la Ley Agraria sigue siendo una referencia y sus diarios de viajes y su epistolario valen más que muchos libros de historia.

En 1864, Fermín Caballero, con su Fomento de la Población Rural, siguió en esa línea reformista, centrado en combatir la caprichosa y antieconómica distribución de las propiedades, el despoblamiento, los baldíos, en la defensa del árbol y otros temas ya pintorescos como cuando se indigna por la proliferación de las mulas usadas para labrar en vez de los bueyes, que hacían mejor labor. Parece como si algunas de sus ideas y de Joaquín Costa hubieran querido ser puestas parcialmente en práctica tras la guerra civil, con la concentración parcelaria y el Instituto Nacional de Colonización. Pero poco y muy tarde.

La indiferencia actual de los políticos es insólita. La atroz sequía no les importa, ni el abuso de defoliantes y productos químicos, la desertización, la destrucción del paisaje. Nada. No deja de ser sintomático que la actual Ministra de Agricultura fuera la consejera delegada de Fertiberia, empresa que contribuye a la destrucción del medio ambiente a base de química y fertilizantes en aras del agrobusiness, es decir, distribuyendo veneno. Los demás políticos sólo van al campo –si es que van, pues prefiern las playas- a veranear o a buscar votos antes de las elecciones.

Los agricultores, divididos por regiones, por tipo de productos, por su individualismo congénito, se defienden mal, son mayores, pues el 70% tiene más de 55 años, y los partidos políticos les dan la importancia de lo que representan en el PIB, es decir, muy poca. Hacen falta asociaciones, voces, comunicación independiente, que represente intereses globales y no solamente los de un sector o tipo de producto. Hay que ampliar el horizonte.

Con este propósito, para que el mundo rural no sea invisible en la cultura urbana, como dice su manifiesto fundacional, se ha creado la Asociación Rural Mediterránea, ARUME, cuya reunión fundadora ha sido la semana pasada en la localidad de Puente de Génave, Sierra de Segura, Jaén. En ella han participado, entre otros, don Federico Mayor Zaragoza, el embajador don José Cuenca, el ex ministro Valeriano Gómez, su impulsor, Carlos Navarro, catedráticos e investigadores, algunos alcaldes –pocos- y agricultores y cooperativistas.

Los informes presentados fueron todos contundentes. El profesor González de Molina dejó claro cómo las rentas agrarias vienen descendiendo en términos relativos y la alternativa de los agricultores ante el coste de las labores es intensificar los cultivos. Lo que lleva a usar más maquinaria, más química, más gasto de agua, más erosión y a la pérdida de la biodiversidad. Y aún así, es poco rentable pues como dejó claro con humor el agricultor Manuel Medina, en el campo “se pone siempre más que se recoge”. O, lo que es lo mismo, esa frase que repetía mi padre de que “una finca acepta todo tipo de mejoras hasta la total ruina de su propietario”.

El manifiesto de ARUME señala varios objetivos y pone el acento en la mujer, los jóvenes y la formación profesional y la educación. Es un intento de acercar el mundo rural, de que como sociedad civil podamos hacer algo por impulsar su desarrollo cultural, ecológico y, claro, económico. En la estela, deseamos, de Jovellanos, Fermín Caballero y Joaquín Costa.